Esta vez queríamos
hacer algo novedoso. Es verdad que Tokio es prácticamente la definición de novedad
—muchas cosas de las que ves allí no las verás en ningún otro lugar. Sin embargo, en los viajes anteriores nos habíamos asegurado
de conocer hasta los rincones menos visitados de esta metrópoli, y de
experimentar prácticamente todo lo que nuestra condición de extranjeros y nuestros
escasos conocimientos de japonés nos permitían. ¿Qué nos quedaba por hacer? Aventurarnos más con los locales y pretender ser un par de tokiotas más (aunque fuera por un rato).
Nos decidimos a probar un
servicio de guías turísticos gratuito que se mencionaba en algún post de cierto blog que ya no recuerdo.
El caso es que llegamos al sitio llamado "Tokyo Free Guide", y luego
de convencernos de que sonaba más o menos organizado nos inscribimos para
solicitar un guía.
Después de eso vinieron
y fueron emails para ponernos de
acuerdo con Mayumi (nuestra futura guía), en los cuales se entreveía algo de nerviosismo —desde ambas partes— con este asunto de la cita a ciegas.
Podía resultar fascinante o simplemente un desastre.
Cuando nos fue a recoger al ryokan y
conversamos un poco todo ese nerviosismo desapareció (o al menos gran parte de
él). Mayumi resultó ser una señora muy nice,
y fue sumamente conmovedor darse cuenta de cómo se había preparado para nuestra
cita. Nos llevó unos pequeños regalos, nos habló sobre lo que sabía de Chile, e
incluso llevó una revista con un reportaje sobre Isla de Pascua. Además compartió
con nosotros un álbum de fotos familiares, nos habló de su vida y nos enseñó
algo de japonés.
El lugar que escogimos
para visitar fue Shimokitazawa, uno de los pocos lugares de Tokio que no
habíamos tenido la oportunidad de recorrer. El barrio es bien ondero, tiene
hartas tiendas bonitas, teatros, restaurantes pequeños, artesanía, música en
vivo y cafés que vas descubriendo a medida que caminas por las callecitas
angostas que lo caracterizan. Es como si fuera el Barrio Bellavista o el Khaosan Road de Tokio, pero es más encantador que Bellavista y menos sórdido que Khaosan Road (o quizás fuimos muy temprano para hacer esta última afirmación).
Comimos en un restaurant
tipo picá bohemia donde cabían cinco mesas pequeñas. Los parroquianos eran
poetas, directores de cine y pintores que se instalaban en el local como quien
llega a su casa (el único detalle negativo es que se sentían tan en confianza
que todos fumaban como si estuviéramos en los 80s, cuando fumar todavía era un
poco cool). Lo que comimos aquí fue —junto con conocer a
Mayumi— uno de los puntos más altos del paseo. Pienso en ese okonomiyaki con camarones y palta y se me hace
agua la boca.
Durante la cena la
comunicación verbal no era magnífica, pero lo que no se podía decir con
palabras se decía con las puras intenciones de entenderse. Las diferencias
culturales también eran reales y el abismo que nos separaba era grande y evidente,
incluso mucho más que con nuestros vecinos taiwaneses (seguramente porque aquí
en Taiwán ya nos sentimos locales; y porque además los japoneses NO son lo
mismo que los taiwaneses o los chinos). Sin embargo, lo pasamos muy bien. La
experiencia fue tan distinta como positiva. ¡Para repetirla en otro lugar!



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