En Seúl el verde es un
poco difícil de divisar. Entre tanta autopista, rascacielos, centro comercial, automóvil de último modelo, monumento, palacio y
universidad, los árboles se pierden, y cuando aparece uno que otro, se detecta de inmediato y muy fácilmente, igual como se identifica a un occidental en una zona rural de China.
Poco ayudó el hecho de que hayamos ido a Seúl apenas comenzaba la
primavera y mientras el invierno aún no se decidía a marcharse por completo,
pero algo me dice que ni en plena temporada primavera-verano el color verde sería
uno de los protagonistas en el paisaje de esta capital asiática.
Es verdad que hay montañas; que en las callecitas de algunos barrios
antiguos se pueden ver árboles en los patios de las casas; y que las
universidades también incorporan áreas verdes entre los numerosos edificios que
las componen. Sin embargo, es bien probable que si vas a Seúl por unos pocos
días (cinco en este caso) a tus recuerdos "les faltará verde".
Cheonggye es un riachuelo que, aunque pequeño y rodeado de grandes bloques de cemento, ofrece un respiro y un recreo de la vida moderna y frenética que se desarrolla en esta ciudad de 11 millones de habitantes.
Su renovado diseño te recuerda que aún estás en medio de una gran ciudad, pero el sonido del correr del agua y el murmullo originado por el viento que pasa entre los árboles te refrescan lo suficiente para luego continuar con el turismo urbano sin sentirte agobiado. Una parada obligada en Seúl para quienes buscan los equilibrios.
La parte colorinche agregada por la campaña política de no sé qué
candidato(s) para no sé qué cargo(s) se podría decir que arruinaba un poco la
escena, pero personalmente encontré que le daba un encanto extra ya que era muy
creativa y hacía que todo se viese más alegre. ¡Ojalá toda la propaganda política fuese así de considerada con el entorno!





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