Al Norte: cemento. Al Sur: cemento.
Al Este: cemento. Al Oeste: ¡¡¡más cemento!!!
Esa fue mi primera impresión al
pisar la Plaza de Tiananmen en Beijing. El peso de todo ese cemento me oprimía
desde todas las direcciones y sentía como si los 440.000 metros cuadrados de la
plaza se hubiesen dejado caer sobre mí.
Fue tan abrumador sentir toda la
carga física, histórica y emocional de
este espacio, que aún cuando este fue el primer lugar que visité en China, no fui capaz de tomar mi cámara por lo menos
durante una media hora.
La cantidad multitudinaria de
visitantes, el altísimo volumen de un video propagandístico disfrazado de
promoción turística que se muestra en una pantalla gigante, y las dimensiones
de esta explanada a la que sólo se puede ingresar tras pasar por un control de
seguridad y en la que no existe ni un sólo banco para sentarse, son algunas de
las cosas que hacen que uno se sienta bastante menos bienvenido de lo que
quisiera.
El sentimiento de exclusión que me
producía toda esta escena fue aún más claro cuando al intentar ingresar al Mausoleo
de Mao Zedong fuimos literalmente sacados -con un empujoncito poco amable- de la fila que se formaba en la entrada, por la simple razón de andar con sandalias. Al cabo que ni queríamos
entrar.
Más tarde, fruto de una mezcla de resignación y los deseos típicos de disfrutar el viaje y conservar recuerdos, tomé la cámara e hice lo que pude.
Ya al ingresar a la Ciudad Prohibida había asimilado mejor todo el tema de estas grandes y grises construcciones y comencé a disfrutar. Mientras caminaba cruzando los patios y los corredores recordaba algunos pasajes de "La ciudad prohibida" de Anchee Min, y por momentos imaginaba que todos los turistas que andaban circulando eran parte de la corte imperial.
Son tantos
los edificios, rincones e historias de esta ciudad, que no serías capaz de descifrarla aunque pasaras la totalidad del tiempo de tu viaje a China
entre sus paredes. Habría que mudarse a vivir ahí
mismo para que se te revelasen sólo algunos de los secretos que se encierran en
este lugar.
La Ciudad Prohibida es ahora -en términos formales- una ciudad abierta, sin embargo, su magnitud tanto material como intangible, hace que continúe imponiéndose como un coloso difícil de aprehender.



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