Tuve que frotarme los ojos -metafóricamente hablando- varias veces durante el recorrido que hicimos por los alrededores de Ubud en el jeep que arrendamos. Mis ojitos no creían que esos paisajes despampanantemente lindos eran de verdad. Quizás me ha afectado un poco vivir en Taipei por tantos años; es verdad que me encanta vivir aquí, pero tanto edificio feo y sin gracia de arquitectura dibujada a la rápida, hace que cuando salgo de aquí me dé una especie de frenesí visual y por supuesto, fotográfico.

El viaje a Bali no hubiese
sido lo mismo sin la pasada por Ubud. La mezcla de identidad local -que se
extraña un poco en Kuta-, naturaleza, arquitectura tradicional, arte y comida
fenomenalmente deliciosa que tiene este pueblo (ver Casa Luna) es tan interesante y efectiva, que uno pasa los
días como metido entre las páginas de un libro de cuentos. Ubud es magia pura,
lástima que mis fotos no hacen justicia a lo que de verdad ves al estar allí.
Esos lugares photoshopeados en forma natural jamás serán lo
mismo a través de un lente. Supongo que por eso es mejor viajar a que te lo
cuenten.
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